Cada 16 de septiembre se recuerda la Noche de los Lápices, nombre con el que se conoce al operativo represivo desplegado en la ciudad de La Plata en septiembre de 1976 contra estudiantes secundarios que reclamaban por el restablecimiento del boleto estudiantil y mejoras educativas.
Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Daniel Racero y Claudio de Acha fueron secuestrados el 16 de septiembre y continúan desaparecidos. Otras personas jóvenes también fueron perseguidas, secuestradas y torturadas durante los días anteriores y posteriores.
Recordar estos hechos desde una perspectiva de derechos humanos implica inscribirlos en el funcionamiento sistemático del terrorismo de Estado. La persecución al movimiento estudiantil no constituyó un episodio aislado ni puede explicarse únicamente a partir del reclamo por el boleto estudiantil. Formó parte de una política represiva más amplia, dirigida contra distintas formas de organización y participación política, social, sindical y estudiantil.
El secuestro, la tortura, la desaparición forzada y el asesinato fueron parte de un dispositivo represivo organizado por el Estado dictatorial para perseguir, disciplinar y desarticular distintas expresiones de participación y organización colectiva.
La Noche de los Lápices también permite reconocer a las juventudes como sujetos de derechos y protagonistas de la vida democrática. Quienes fueron perseguidos participaban de la vida política y estudiantil, se organizaban colectivamente, impulsaban demandas e intervenían en los asuntos públicos de su tiempo. Por eso, esta fecha no remite únicamente al derecho a la educación: también invita a reflexionar sobre las libertades de expresión, asociación y reunión, y sobre el derecho a participar en la vida pública.
La memoria supone construir sentidos desde el presente, transmitir experiencias y asumir compromisos colectivos frente a aquello que una sociedad considera que no debe repetirse. Desde esta perspectiva, la Noche de los Lápices interpela a cada generación acerca del valor de la democracia y de la necesidad de garantizar que adolescentes y jóvenes puedan organizarse, expresarse, formular demandas y participar sin sufrir persecución ni violencia.
La educación en derechos humanos ocupa un lugar central en esta construcción. La escuela no es solamente un espacio de transmisión de conocimientos: también es un ámbito de ciudadanía, convivencia democrática y ejercicio de derechos. Garantizar el derecho a la educación supone asegurar el acceso y la permanencia, pero también reconocer la voz del estudiantado, su capacidad de organización y su participación en las cuestiones que afectan su vida cotidiana.
Este enfoque permite, además, vincular la memoria con los desafíos actuales en materia de derechos de las juventudes. La Convención sobre los Derechos del Niño reconoce a niñas, niños y adolescentes como titulares de derechos y establece, entre otros principios, su derecho a ser escuchados y a expresar sus opiniones en los asuntos que los afectan.
En el mismo sentido, la Ley Nacional N.º 26.061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes consolida un paradigma que los reconoce como sujetos plenos de derechos y establece obligaciones para el Estado en materia de dignidad, integridad, educación y participación.
Reconocer a adolescentes y jóvenes como sujetos de derechos implica garantizar las condiciones necesarias para que puedan ejercerlos de manera efectiva. Esto supone generar espacios donde sus voces sean escuchadas, sus opiniones sean consideradas y puedan participar en las decisiones que los involucran, tanto en la escuela como en otros ámbitos de la vida comunitaria y social.
Recordar a estudiantes perseguidos por el terrorismo de Estado también invita a preguntarnos cómo se construyen hoy los vínculos entre las instituciones públicas y las juventudes, especialmente frente a situaciones de desigualdad y vulnerabilidad. Una democracia comprometida con los derechos humanos no puede reducir a las juventudes al control o a la tutela. Debe reconocer su voz, sus capacidades, sus derechos y sus proyectos de vida.
Conmemorar la Noche de los Lápices, entonces, no significa solamente recordar lo ocurrido en 1976. También supone reafirmar que la democracia se construye garantizando la participación de las juventudes, escuchando sus voces y protegiendo sus derechos en todos los ámbitos de la vida social.
Fuentes:
- Convención sobre los Derechos del Niño, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas mediante Resolución 44/25, 20 de noviembre de 1989.
- Ley Nacional N.º 26.061, de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, sancionada el 28 de septiembre de 2005 y promulgada el 21 de octubre de 2005.